—Sí; voy a dar una vueltecita.

—De pira ¿eh? Es usted un pirantón, don Cleto.

—Ja, ja, ja—reía él—. ¡Qué chicas éstas! ¡Qué cosas dicen!

Otro tipo de la casa muy conocido era el Maestrín, un manchego muy pedante y sabihondo, droguero, curandero y sanguijuelero. El Maestrín tenía un tenducho en la calle del Fúcar, y allí solía estar con frecuencia con la Silveria, su hija, una buena moza, muy guapa, a quien Victorio, el sobrino del prestamista, iba poniendo los puntos. El Maestrín, muy celoso en cuestiones de honor, estaba dispuesto, al menos así lo decía él, a pegarle una puñalada al que intentara deshonrarle.

Toda esta gente de la casa pagaba su contribución en dinero o en especie al tío de Victorio, el prestamista de la calle de Atocha, llamado don Martín, y a quien por mal nombre se le conocía por el tío Miserias.

El tío Miserias, el personaje más importante del barrio, vivía en una casa suya de la calle de la Verónica, una casa pequeña, de un piso solo, como de pueblo, con dos balcones llenos de tiestos y una reja en el piso bajo.

El tío Miserias era un viejo encorvado, afeitado y ceñudo. Llevaba un trapo cuadrado, negro, en un ojo, lo que hacía su cara más sombría. Vestía siempre de luto; en invierno usaba zapatillas de orillo y una capa larga, que le colgaba de los hombros como de un perchero.

Don Martín, el humano, como le llamaba Andrés, salía muy temprano de su casa y estaba en la trastienda de su establecimiento, siempre de vigilancia. En los días fríos se pasaba la vida delante de un brasero, respirando continuamente un aire cargado de óxido de carbono.

Al anochecer se retiraba a su casa, echaba una mirada a sus tiestos y cerraba los balcones. Don Martín tenía, además de la tienda de la calle de Atocha, otra de menos categoría en la del Tribulete. En esta última su negocio principal era tomar en empeño sábanas y colchones a la gente pobre.

Don Martín no quería ver a nadie. Consideraba que la sociedad le debía atenciones que le negaba. Un dependiente, un buen muchacho al parecer, en quien tenía colocada su confianza, le jugó una mala pasada. Un día el dependiente cogió un hacha que tenían en la casa de préstamos para hacer astillas con que encender el brasero, y abalanzándose sobre don Martín, empezó a golpes con él, y por poco no le abre la cabeza.