Y unas cuantas manos solícitas cogían las monedas, mientras que los agentes de Policía conchabados entraban en el cuarto.
A pesar de su condición de explotador y de conquistador de muchachas, la gente del barrio no le odiaba a Victorio. A todos les parecía muy natural y lógico lo que hacía.
IX
LA CRUELDAD UNIVERSAL
Tenía Andrés un gran deseo de comentar filosóficamente las vidas de los vecinos de la casa de Lulú. A sus amigos no le interesaban estos comentarios y filosofías, y decidió, una mañana de un día de fiesta, ir a ver a su tío Iturrioz.
Al principio de conocerle, Andrés no le trató a su tío hasta los catorce o quince años. Iturrioz le pareció un hombre seco y egoísta, que lo tomaba todo con indiferencia; luego, sin saber a punto fijo hasta dónde llegaba su egoísmo y su sequedad, encontró que era una de las pocas personas con quien se podía conversar acerca de puntos transcendentales.
Iturrioz vivía en un quinto piso del barrio de Argüelles, en una casa con una hermosa azotea.
Le asistía un criado, antiguo soldado de la época en que Iturrioz fué médico militar.
Entre amo y criado habían arreglado la azotea, pintado las tejas con alquitrán, sin duda para hacerlas impermeables y puesto unas graderías donde estaban escalonados las cajas de madera y los cubos llenos de tierra donde tenían sus plantas.