Este sentimiento de responsabilidad, de remordimiento, no lo experimenté mas que las pocas veces que tuve algún mando; en lo demás, no.
En los ataques de caballería que dimos los del escuadrón del Brigante no sentía uno intranquilidad moral ninguna. La cólera, el odio y, más aún, la emulación nos arrastraban.
No veíamos si eran muchos ó pocos los enemigos; nos lanzábamos contra ellos con tal furia que, generalmente, no podían resistir nuestro empuje.
Luego, ya llegó un tiempo en que no sé si por costumbre, por el hábito de verlos, ó por vislumbrar la posibilidad de echarlos de España, comenzamos á perder el odio por los invasores.
Estas alternativas, comunes á los del escuadrón del Brigante, no influyeron en Merino. El cura siguió preparando al principio y al fin sus emboscadas y sus sorpresas de una manera fría y metódica.
Ciertamente, la guerra, con método ó sin él, es una cosa horrible; pero cuando se hace de manera tranquila, parece más horrible todavía.
Al menos, cuando se luchaba á pecho descubierto, como lo hacía el Brigante en pequeño y como lo hicieron en grande Mina, el Empecinado y don Julián Sánchez, la impresión del peligro experimentado, del valor del jefe marchando á la cabeza, hacía un efecto tónico.
Muchos años después, siendo mariscal de campo el Empecinado y yo su ayudante, dimos una carga, en 1822, llevándole al frente, contra una partida de absolutistas, que entonces llamábamos feotas, mandados por Merino, y aquello alegraba el corazón.
Aun así, creo que á un hombre de dentro de doscientos años, este acuchillarse mutuo de hombres desconocidos le parecerá, no como á nosotros, un gran acto de patriotismo y de nobleza, sino una monstruosidad. Cada hombre es, aunque no quiera, de su siglo y de su época, y pedir otra cosa es una gollería.
La guerra de Merino, no sólo no era para contentar al hombre hipotético de dentro de doscientos años, ni aun satisfacía al de su época. Aquello tenía el aspecto de una cacería metódica y siniestra. Allí no se ganaban acciones; se mataba.