Guerrear es suprimir durante un período la civilización, el orden, la justicia; abolir el mundo moral creado con tanto trabajo, retroceder á épocas de barbarie y de salvajismo.

Así nosotros teníamos en nuestras filas al Jabalí de Arauzo.

El Jabalí, en circunstancias normales, hubiese estado en un presidio ó colgado de una horca; en plena guerra, convertido en un jefe respetable, lleno de galones y de prestigio, podía asesinar y robar impunemente, no por afán patriótico, sino por satisfacer sus instintos crueles.

Muchos, y yo mismo, han asegurado que de la guerra de la Independencia surgió el renacimiento de España. Sin tanta matanza hubiera surgido también.

REFLEXIONES ACERCA DE UN MANDAMIENTO

¡Cuántas veces al recordar aquella época he pensado en ese tópico que tanto se repite: la influencia del cristianismo en la dulzura de costumbres y en la civilización!

Los mismos escritores impíos y racionalistas aseguran que el cristianismo hace á los hombres más dulces y suaves. ¿En dónde? ¿Cuándo?

Si al cabo de diez y nueve siglos de predicación apostólica nos seguimos acuchillando unos á otros sin piedad, ¿en qué se conoce la eficacia del cristianismo?

Los que hemos visto tantos hombres con las tripas al aire, con los sesos fuera; los que hemos presenciado casi diariamente el espectáculo de ahorcar, fusilar, acuchillar, abrir en canal, presidido por gente católica y rezadora; los que hemos conocido á curas de trabuco que sabían enarbolar mejor el puñal que la cruz; los que hemos encontrado las sacristías convertidas en focos de conspiración y los conventos preparados como cuarteles, no podemos menos de reirnos un poco de la eficacia de la religión.