El muchacho narró lo ocurrido y terminó diciendo:
—La anciana enferma moribunda no tiene inconveniente en declarar.
—Entonces, que vengan dos testigos y el notario, y vamos allá.
El corregidor se envolvió en su capa, y en compañía de los dos testigos, del notario, de un escribiente y del muchacho fueron á una casa pequeña próxima á la iglesia parroquial.
La vieja era muy vieja y muy enferma, pero estaba en el dominio de todas sus facultades; recibió la visita de las autoridades con calma, y después de jurar en nombre de Dios decir la verdad, exclamó:
—Me alegro que hayan venido usías á mi pobre casa, porque el remordimiento me tiene atosigada el alma. Sí, yo creo que conozco á los que mataron á la cómica, y no lo he dicho ante la justicia porque estoy baldada por el reúma y no he podido ir á declarar; y cuando conté á un hijo mío lo que pasaba, me dijo éste que veía visiones y que no me metiera en lo que no me importaba.
—Está bien. Cuente claramente lo que pasó y lo que vió—dijo el alcalde.
—Pues verá usía: todo fué una pura casualidad. El día del crimen, mi hijo, al marcharse, después de comer, á trabajar al majuelo, me preguntó si yo recordaba dónde estaban unas botas viejas suyas. Por la tarde fuí á un cuarto que tenemos en la parte de atrás, donde guardamos los aperos de labranza, y estaba allí registrando y viendo las cosas una á una. Este cuarto tiene, y luego si ustedes quieren lo pueden ver, un ventanillo que da á la calle de la Cadena. No sé qué ocurrencia me dió, ó si es que oí alguna voz, el caso es que tuve la curiosidad de mirar por allí, y poniendo un cajón en el suelo y subiéndome á él me asomé por el ventanillo y vi á dos hombres en acecho.
—¿Los conoció usted?—preguntó el corregidor.
—Sí.