Luego, Merino mandó amontonar las tablas, las lanzas de los carros, los cadáveres de los franceses y los caballos muertos y los quemó.
Había una satisfacción cruel en estas purificaciones hechas por el cura.
Cierto, que lo mejor que se puede hacer con un cadáver es quemarlo; pero Merino no lo hacía por piedad ni por higiene, sino por odio.
Al mediodía no quedaba de aquel convoy mas que una inmensa hoguera.
Por la tarde se supo que varios escuadrones de caballería francesa venían de exploración por la carretera.
Merino dió sus órdenes para la retirada. El Jabalí marchó de vanguardia; luego partieron los del escuadrón de Burgos. Mientras tanto, el cura se presentó en la casa del Ayuntamiento de Quintana y dictó el parte que el alcalde debía dar al jefe de la primera guarnición francesa para cubrir la responsabilidad del pueblo.
Inmediatamente salió; montó á caballo, se reunió con nosotros, y fuimos retirándonos á toda prisa de la carretera.
Llevábamos más de cincuenta prisioneros, divididos en pequeños grupos.