Nosotros teníamos alguna preocupación; veíamos á los prisioneros franceses esperanzados y contentos. Si el cura no podía pasar á la sierra estaba perdido, pues aunque sostuviera la partida algún tiempo en tierra llana, á la larga sería cercado y desecho.
Merino, después de hablar con la gente del país, dividió todas sus fuerzas en ocho secciones, de unos sesenta á ochenta hombres cada una.
Cada sección contaría con un guía, á quien debía seguir, y un oficial por si el pelotón era atacado por el enemigo. A mí me tocó mandar una de las dos secciones en que se dividió el escuadrón del Brigante.
Una tarde me dieron la orden de marcha. Salimos á la deshilada ya de noche. Caminamos durante diez horas; dimos una de vueltas para despistar á cualquiera; pasamos por cerca de la Peña del Cuervo y de Onrubia, y dormimos por la mañana en un bosque; al segundo día atravesamos el puente de la Vid, descansamos en el pinar próximo á Huerta del Rey, y la tercera noche de la salida estábamos en Hontoria, sin haber perdido un hombre ni un prisionero.
Durante todo el camino se nos acercó la gente de los pueblos á decirnos lo que pasaba y á explicarnos dónde estaban los franceses. Sobre todo, los curas constituían una policía espontánea inmejorable.
ROQUET Y KELLERMAN
El general Roquet se reunió á Kellerman en Peñafiel; permanecieron juntos los generales en aquella villa más de tres días sin poder averiguar el paradero de Merino, hasta que recibieron un parte del comandante militar del cantón de Aranda de Duero comunicándoles que Merino y su partida se encontraban de nuevo en el corazón de la sierra.
Roquet y Kellerman celebraron consejo, al que asistieron los coroneles de los regimientos.
No se tenía indicio alguno de nuestro paso. Demasiado comprendían los franceses que, cuando el país es amigo, todo se encuentra lleno de facilidades, y que, por el contrario, en tierra enemiga los caminos están erizados de obstáculos y dificultades.
Se discutieron y se rechazaron en el consejo una serie de proposiciones, y en vista de la imposibilidad de dar con un hombre tan astuto como Merino y tan conocedor del país, se determinó aislarlo en la sierra, recomendando al capitán general de Burgos que enviara siempre los convoyes con fuertes destacamentos.