El administrador don Ramón, el dueño de la casa, un muchacho joven recién casado, se manifestaba patriota entusiasta.
Su mujer, doña Mariquita, tenía gracia y simpatía para volver loco á cualquiera. Era una morena con grandes ojos negros y unos lunares subversivos.
Yo le decía muchas veces:
—Mire usted, doña Mariquita, no se ponga usted esos lunares. Porque eso es ya provocar.
—¡Si no me los pongo—! decía ella riendo—. Son naturales.
—¿De verdad? ¿De verdad?
—De verdad.
—Pues yo creía que se los ponía usted para hacer la desesperación de los hombres.
Ella se reía. Doña Mariquita mandaba en la casa, hacía lo que le daba la gana, pero contando con su marido. Doña Mariquita era de una familia rica de Barbadillo y tenía una hermana menor, Jimena, una preciosidad.
Algunas noches iba Jimena á casa de doña Mariquita, y yo pedía permiso para callar y estar admirándola.