Entre las dos angosturas de los extremos y en una extensión de una legua, hay lugar para un valle sembrado de grandes piedras desparramadas, que parecen restos de una construcción ciclópea, junto á las cuales nacen grupos espesos de jara y de retama y plantas de beleño y de digital. El camino, una calzada estrecha por donde apenas pueden marchar tres hombres á la par, se abre al principio, como una cortadura, entre dos paredes de roca, luego bordea el valle y huye serpenteando hasta dominar el desfiladero. El boquete de la entrada, abierto en roca, es el que se llama el Portillo de Hontoria.
En este Portillo pensó Merino preparar la emboscada y sorprender á los franceses.
Había al comienzo del desfiladero, pasado el boquete que le da acceso á la izquierda, dominando el camino, oculto por varias filas de árboles, un cerro ingente formado por peñascos. Visto por entre los árboles, parecía un castillo arruinado.
Era un verdadero baluarte, con trincheras naturales, sin subida alguna para llegar á lo alto. Merino mandó empalmar dos escaleras y ascendió al cerro.
Esta fortaleza natural hubiera dominado la calzada, si las filas de pinos que tenía delante no lo impidieran.
El cura mandó llamar á los aserradores de Hontoria y les hizo cortar aquellos árboles de una manera especial, que consistía en no serrarlos en todo su espesor, sino dejar lo bastante de corteza y de leña para que pudiesen sostenerse derechos.
Luego mandó atar cuerdas largas á la parte alta de los troncos, echándolas disimuladamente entre la maleza. El extremo de las cuerdas llegaba al mismo cerro.
El cura pretendía dejar en el castillo natural algunos de sus hombres que hiciesen desaparecer la cortina de pinos cuando á él le conviniese.
Después de preparado esto, el cura fué recorriendo el desfiladero y sus alrededores desde el Portillo de Hontoria hasta las lomas en que termina.
Iba escoltado por el comandante Blanco y por otros oficiales.