Fué una expedición lúgubre. Había obscurecido; sólo quedaba una ligera claridad en el cielo. Los cuervos iban posándose silenciosamente en la tierra; se oían sus graznidos. Algunos hombres y mujeres sospechosos andaban por el campo escondiéndose entre los matorrales. Los perros hambrientos de los contornos se acercaban al olor de la sangre. Era una gran fiesta para todos los animales necrófagos: cuervos, cornejas, buitres, gusanos, perros hambrientos y demás comensales de la Muerte.

Marchábamos mudos por el campo obscuro, sembrado de cadáveres.

En algunas partes habían encendido hogueras con ramas de pino, donde quemaban los cuerpos de los hombres y de los caballos y el viento jugaba con el humo acre, trayéndolo á veces á la garganta.

AL LLEGAR A HONTORIA

Cuando llegamos á Hontoria nos encontramos un espectáculo lamentable. Los guerrilleros habían cogido al sargento español afrancesado que servía de guía y de intérprete á los imperiales, le habían montado en un burro atado los pies por debajo del vientre del animal y los brazos en los codos, y lo llevaban así.

Una nube de viejas horribles desarrapadas, de mujeres, de chiquillos que habían sabido quién era, se acercaban al sargento á insultarle, á arañarle, á tirarle piedras.

Ya no quedaba nada de su uniforme, desgarrado á jirones, y su cara estaba negra de humo, de pólvora y de sangre.

Perdimos de vista este horrible espectáculo y nos acercamos á la casa del Padre Eterno. Llevamos el cadáver del Brigante desde el portal á la sala.

Un chico fué á avisar á doña Mariquita, y ella y Jimena, ambas deshechas en lágrimas, acudieron solícitas á la casa.

Entre las dos mujeres y la mujer del Padre Eterno limpiaron el cadáver del Brigante de sangre, de barro y de humo, y lo colocaron en una mesa, entre cuatro velas.