—¡No ir á Pransia! ¡No ir á Pransia!
Este amor por un rey que recomendaba á sus vasallos no le siguiesen á mi revolucionario y jefe del Aventino me parecía algo ridículo y vergonzoso.
A la semana de la marcha del Rey se levantaba Tolosa, entonces capital de Guipúzcoa, y luego Bilbao.
Unos días más tarde se presentaron en Irún Carlos IV y María Luisa con Godoy, y pasaron á Bayona.
Una nube de aristócratas, de militares y de intrigantes aparecieron en la frontera. Entre ellos se encontraba don Juan Palafox, que luego tuvo tanta fama de patriota por la defensa de Zaragoza, y á quien conocí más tarde y me pareció un hombre inepto, ambicioso y de poca integridad moral.
Palafox venía con el hijo del marqués de Castelar, y quería pasar á Bayona á olfatear lo que allí se guisaba, aunque él dijo después que iba á arrancar al príncipe Fernando de las garras de Napoleón. Le preguntaron á Arteaga si podrían entrar en Bayona, é Ignacio les contestó que serían detenidos si se presentaban de uniforme, é igualmente si se disfrazaban, porque Bonaparte tenía miles de espías en la frontera.
Castelar y Palafox no se determinaron á pasar, al menos por Irún.
Arteaga, que estaba muy enterado de las murmuraciones de la corte, me dijo que Palafox había sido uno de los intermediarios del príncipe Fernando con el embajador de Francia en Madrid, Beauharnais, para concertar el matrimonio del príncipe con una sobrina de Napoleón.
Había tomado también parte Palafox, unido con Montijo, en el motín de Aranjuez, y aconsejado á Fernando que marchase á Bayona.
Al ver que la cosa salía mal, Palafox se hizo el sorprendido, y pocos meses después estaba en Zaragoza echándoselas de héroe y dando proclamas elocuentes, que se las escribían los frailes.