Este dálmata era el asombro de todo Valladolid por su estatura y por su voz. Cuando el duque de Ragusa quería lucir las facultades de su criado, hacía cerrar los balcones y mandaba al gigante dar voces; y era tal el estruendo que salía de su pecho, que rompía con las vibraciones del aire uno ó dos cristales.

Como al mariscal Marmont le habían hablado de lo muy celosos que eran los españoles, dispuso que en los días de baile se diesen en su palacio dos cenas, una para las señoras y otra para los hombres.

El duque de Ragusa parecía un virrey español de América rodeado de oficiales, de intendentes, de contratistas y hasta de frailes.

En Valladolid, mi amigo Lara experimentó el sentimiento de ver á madame Michel inclinarse definitivamente por un oficial polaco muy elegante y muy rubio, y yo tuve que consolar á mi compañero diciéndole lo que me había contado el capitán francés de las costumbres de aquellas damas.

Mi relato, en vez de consolarle, le puso más melancólico, y entonces ya le conté la primera y única página de mi amor con la marquesa de Monte Hermoso y quedamos melancólicos los dos.


II
EN MADRID

Una semana después, Lara y yo estábamos en Madrid. Nos alojamos los dos en mi casa.

En el tiempo que yo faltaba de Madrid habían ocurrido novedades: mi madre comenzaba á tener el pelo blanco; una de mis hermanas iba á casarse; muchas personas conocidas habían muerto ó no se sabía de ellas.