Después de la escaramuza entre Torija y Valdenoches, volvimos á Caspueña.

Por la tarde nos despedimos del Empecinado, que nos dió la carta para Merino y un pasaporte. Este pasaporte lo he conservado como recuerdo hasta hace poco.

Era una hoja impresa con un grabado que representaba un guerrero montado á caballo con el sable en alto, atacando y derribando á los franceses. Junto á él había una matrona, que debía ser España, y cerca un león estrujando entre sus garras un águila.

CAMINO DE ALMAZÁN

Salimos, como he dicho, por la tarde de Caspueña, en compañía de Antonio Martín y de una escolta de veinticinco hombres, camino de Sigüenza.

Antonio nos hizo preguntas á Lara y á mí acerca de la vida en la corte, y yo hablé de las discusiones y controversias madrileñas en cafés, tertulias y logias, y aunque era una imprudencia confesé que era masón.

Antonio se quedó asombradísimo de que un masón estuviese en las guerrillas de Merino, y me dijo que él también deseaba ser presentado en una logia.

Pasamos por delante de Sigüenza y fuimos hacia Almazán atravesando los altos de Barahona y la llanura llamada Campo de las Brujas.

Nos despedimos, antes de entrar en Almazán, de Antonio Martín, ya muy amigo nuestro, y seguimos hasta Calatañazor, donde encontramos nuestras fuerzas.

Contamos á Merino lo que había pasado con el director; le dijimos que una columna francesa nos había conducido á Madrid, y le entregamos la carta del Empecinado.