La niña era un vínculo que nos unía á Lara, á Fermina y á mí.

El coronel Blanco nos dejaba marchar casi todas las semanas á visitar á la hija adoptada por nuestro extinguido escuadrón.

Se operaba poco en esta época. Las partidas de guerrilleros no eran buenas para movimientos en gran escala. Por otra parte, Merino se encontraba con que las fuerzas que tenía á sus órdenes sobrepasaban su capacidad y sus conocimientos, y como no estaba dispuesto á dar acciones, apenas se movía de miedo á un fracaso grande.

Cuando nos daban licencia, Lara y yo montábamos á caballo y nos largábamos trotando y galopando hasta Huerta.

Un perro que yo tenía por entonces nos seguía ladrando y dando brincos.

Se llamaba «Murat», «Murat I», porque tuve después dos más con este nombre.

«Murat» era un perro inteligentísimo. Todo el mundo decía que no le faltaba mas que hablar.

Llegábamos Lara y yo á Huerta é íbamos á casa.

Estos pueblos, en la guerra de la Independencia, eran de una miseria horrible, mayor aún en el comienzo del año 12, que fué el auténtico año del hambre.