El autor de las Memorias de un hombre de acción, don Pedro de Leguía y Gaztelumendi, explica en una advertencia preliminar cómo reconstruyó esta parte de la biografía de nuestro héroe, con qué datos contó y en qué fuentes pudo apagar la sed de aviranetismo que le consumía.

Suponiendo que al lector, al menos si es aviranetista convencido, no le ha de cansar la explicación de Leguía, me he tomado el trabajo de copiarla íntegra.

EN LA FONDA DE BAYONA

Una noche de otoño—dice don Pedro Leguía—estábamos reunidos Aviraneta y yo en el comedor de la fonda de Francia, en Bayona. Llevaba lloviendo monótonamente horas y horas, venteaba á ratos y, en el silencio de la ciudad desierta, sólo se oía el gemido del viento y el ruido del agua en los cristales y en las aceras.

Acabábamos de tomar café, y don Eugenio se levantó y se dirigió á su cuarto. Yo le seguí porque, desde varios meses antes, después de la comida, solíamos celebrar una conferencia, larga ó corta, según la importancia de los acontecimientos, para ponernos de acuerdo en el plan del día siguiente.

Don Eugenio ocupaba un gabinete grande con alcoba del piso principal, el número 10.

El encargado de la fonda de Francia, monsieur Durand, á pesar de su entusiasmo por los carlistas, tenía gran estimación por Aviraneta y le reservaba siempre las mejores habitaciones.

Aquella noche, después de entrar en el cuarto, Aviraneta se sentó en el sofá y yo me arrellané en una poltrona.

—¿Hay algo que hacer, maestro?—le pregunté.

—No. ¿Has mandado nuestro folleto á todos los amigos?