De la plaza salimos por el arco de Santa María, á la orilla del río, y esperamos en el paseo del Espolón.
Algunos vecinos, retardados, marchaban de prisa por el puente de Santa María á entrar en la ciudad; otros aguijoneaban á los borriquillos y caballerías.
Un momento después cerraron la puerta; dejaron solamente un postigo abierto y se oyeron los toques de retreta.
Había entrado la noche y las orillas del río quedaron desiertas. Sólo se oía el murmullo del agua misterioso y triste. La luna comenzaba á brillar en el cielo.
Ganisch y yo atravesamos el puente y entramos en la calle de la Calera.
No pasaba entre las dos paredes de los edificios la luz de la luna y la callejuela estaba negra y siniestra.
Nos detuvimos un momento enfrente de la casa de los torreones y la portada historiada para cerciorarnos de que era ella, y desde este punto comenzamos á contar los portales.
Ya cerca de la salida del campo, tuvimos que pararnos. Habíamos llegado.
Llamamos dos veces; se abrió la puerta desde arriba, sin duda con un cordón atado al picaporte, y pasamos á un zaguán estrecho y mal iluminado. Un farolillo colgado de una ventana pequeña alumbraba el portal y al mismo tiempo la escalera.
—Buenas noches—grité yo.