El párroco notó que el deán frunció el ceño al ver á las dos mujeres. A éste, sin duda, aunque no lo dijo, le pareció que don Cristóbal Mansilla era, ó un truhán, ó un hombre excesivamente virtuoso.
Don Cristóbal, al saber que pensábamos marchar al día siguiente, mandó preparar todo lo necesario para la expedición.
Habíamos salido de Burgos jinetes en caballos prestados, sin dinero ni medios de ninguna clase, y, á pesar de esto, todo se allanaba en nuestro camino.
Por la noche, en casa del párroco de Covarrubias, después de cenar, se habló de las partidas patrióticas, y vinieron varios vecinos del pueblo á ofrecerse para todo lo que hiciera falta.
Uno de ellos era un hombre seco, cetrino, de mediana estatura, de unos cuarenta años, brusco de palabras y muy velludo.
Vestía un traje raído como de hombre que anda entre breñales y descampados, calzón de ante, polaina antigua, levitón abrillantado por el uso, chaleco muy cerrado por el cuello, corbata negra de muchas vueltas y sombrero de copa cubierto con un hule. Parecía un aldeano acomodado. Me chocó las miradas de inteligencia que se cruzaban entre el director y él.
Por iniciativa del deán se comenzó á hacer una lista de suscripción; luego se discutieron varios proyectos, y el director indicó que lo primero era hablar con Merino, á quien veríamos al día siguiente.