Nuestro capitán nos vareaba como á la lana.

Cuando empezaban las operaciones, ya se sabía: no nos dejaba un momento de descanso.

Prohibía que se desnudase nadie para dormir, y se tenía uno que echar vestido en el suelo ó en el monte entre las matas. De las veinticuatro horas del día, el cura estaba diez y ocho á caballo. Con él no había otro medio: endurecerse ó perecer.

A Merino, que era hombre poco ingenioso y nada cordial, no le gustaba la conversación. La gente le estorbaba.

Yo supongo que, en el fondo, tanta cautela, tanta insociabilidad provenía del miedo de una asechanza, más que de otra cosa.

LAS TRETAS DEL CURA

El cura no gastaba confianzas con nadie. Se le tenía respeto, pero no se le quería.

Cuando se incomodaba y se ponía á hablar con una voz aguda y seca, de timbre metálico, todo el mundo temblaba. Había llevado la reserva hasta el último extremo.

Merino estaba el tiempo necesario al frente de sus tropas; luego se largaba. ¿Adónde? Nadie lo sabía. Variaba todos los días de escondrijo. Al que hubiese tenido una curiosidad indiscreta, probablemente le hubiese costado la vida.