A pesar de las largas disertaciones de los escritores militares, se ve que la guerra, en el fondo, es un producto instintivo, y mientras exista la barbarie que la produce habrá, en mayor ó menor escala, generales improvisados, tan hábiles en las batallas como los llenos de conocimientos tácticos y estratégicos aprendidos en los libros.
Merino no era el clásico guerrillero, arrebatado, valiente, acometedor, ardoroso. Le faltaba impetuosidad, genialidad, brío, y estas faltas las suplía con la atención y el trabajo.
Nuestro jefe basaba sus operaciones, primero, en el conocimiento del terreno, que lo tenía casi absoluto; después, en las confidencias y en el espionaje, (por eso pagaba á sus espías lo más espléndidamente que podía); y, por último, en la perseverancia, que pensaba había de llegar al cansancio del adversario.
De las veinticuatro horas del día, Merino se ocupaba de sus tropas lo menos veinte, y á veces las veinticuatro. Merino tenía á sus fuerzas en una continua actividad y en un perpetuo movimiento.
Por la tarde, al ponerse el sol, solía distribuir los escuadrones de su partida en una aldea, ó en varias próximas, á las guarniciones de los franceses; colocaba centinelas avanzados de caballería por los caminos de los pueblos ocupados por el enemigo, y establecía un gran retén de jinetes en una posada y en las casas inmediatas.
Esta guardia solía constar de la tercera parte de gente del total de la partida, y como por entonces éramos de trescientos á cuatrocientos hombres, la guardia solía pasar de un centenar; á veces llegaba á ciento cincuenta.
Cuando alcanzaba este número, cincuenta marchaban en la ronda, otros cincuenta quedaban con las armas en la mano, y el resto dormía.
Los caballos quedaban en la posada ensillados, atados al pesebre y con la brida en el arzón. En caso de alarma, se montaba inmediatamente y se formaba en el zaguán ó en la calle.
Constantemente exploraba las inmediaciones de la aldea la ronda de caballería; ronda que, al cabo de dos horas, volvía á la posada y era sustituída por otra del mismo número de jinetes.
El retén lo mandaba un oficial, generalmente, un capitán, que estaba de guardia toda la noche, sin dormir un momento ni ser reemplazado.