Sufría las nieves y los fríos más intensos como los más fuertes calores.

En el rigor del invierno gastaba guantes de lana y una especie de carrick anguarina con capucha, prenda parecida á la que emplean en Soria los montañeses de Villaciervos y á los capusays de los pastores vascongados.

Para ir á caballo se calaba una gorra de pelo, se subía el cuello del carrick, y así marchaba horas y horas.

Los días de lluvia gastaba una capa de paño grueso de Riaza, empapada en un barniz impermeable, al estilo de esos capotes usados en Cuenca que llaman barraganes.

Después de recorrer los caminos y encrucijadas en donde podía haber alguna novedad, si el cura encontraba todo tranquilo volvía hacia el punto en donde se hallaba el grueso principal de su fuerza y, dando la vuelta al pueblo, se dirigía á media rienda al bosque ó montaña inmediata.

Seguido de su asistente, iba haciendo caprichosos zigzags hasta que se detenía. ¿Hacía todo esto para desorientarle? ¿O quizá pensando que alguno podría seguirle? No lo sé.

Cuando le parecía bien se paraba y le llamaba al asistente. El que con más frecuencia le acompañaba era el Feo, y algunas veces el Canene:

—Eh, tú, Feo... quédate aquí.

—Está bien, don Jerónimo. Buenas noches.

—Buenas noches.