El Pinturas joven parecía una araña, alto, delgado, sonriente, con cara de polichinela y voz de lo mismo. Era muy burlón y satirizaba con mucha gracia a todo el mundo. Tenía siempre a su disposición papel y pluma, y servía de memorialista a los presos. Les escribía cartas con la letra que quisieran. En un par de minutos de estudiar una letra, la adoptaba como si fuera suya y seguía escribiendo con ella. Al Pinturas joven le gustaba leer mucho; fabricaba juguetes con alambres y cartón, que conseguía vender en las calles, y cuando no tenía nada que hacer hacía juegos de manos.
Por lo que se decía, había falsificado escrituras, contratos, testamentos, y seguía trabajando en la cárcel.
Respecto al señor Pérez de Bustamante, era un caballero de industria, charlatán, mentiroso, que quería hacerse pasar por aristócrata.
Este hombre había vivido durante los primeros meses de la guerra haciendo suscripciones para viudas de oficiales muertos en la campaña, y cuando explotó el lado liberal pasó a cultivar el campo carlista. Pérez de Bustamante era hombre osado y decidido.
Otro tipo curioso era Doña Paquita, el cinedo de la cárcel, joven ambiguo que hacía ademanes de mujer. Este muchacho tenía la nariz respingona, con las ventanas muy abiertas, la barba azul, del afeitado, y la manera de hablar afeminada.
Algunos de los presos habían conseguido cierta independencia y hacerse respetar del grupo que cobraba el barato.
Uno de ellos era un topista, que llamaban Mangas, afiliado al grupo liberal. El Mangas tenía una cara de galgo, la nariz larga, la boca como recogida, los ojos pequeños y claros y el pelo rubio. Vestía bien, era gallego, aunque él decía que no. Se le había encontrado con unos cálices, después de la matanza de Julio, en una taberna de una vieja a quien llamaban la tía Matafrailes.
Entre los presos de delitos comunes que se decían carlistas había gente bárbara y maleante, como entre los que se consideraban liberales.
Uno de los carlistas de quien todos se reían era un labriego, el Paleto, que había robado una mula. El Paleto tenía la cara parada y estúpida, la cabeza grande y la voz chillona. Solía servir de blanco a las bromas de todos.
Otro carlista que se distinguía por su aire hipócrita era el Seminarista, que había sido estudiante de cura y tenía la especialidad de hacer digresiones místicas, en las que barajaba muchos latines. A este truhán le habían encontrado varias veces desvalijando los cepillos de las iglesias con una ballena untada de liga.