Con los anteojos puestos en la punta de la nariz, sentada al lado de la estufa, parecía la abuela Rosa una viejecita de cuento; muy chiquita, arrugadita como una pasa, encogida, con la nariz puntiaguda, la cara sonrosada y el pelo blanco como la nieve.
De noche encendía su quinqué y seguía leyendo o trabajando. Muchas veces pensaba María que su abuela debía ser muy valiente, para quedarse sola en aquella casa.
Cuando iba la niña a verla, entonces comenzaba con la vieja las idas y venidas, el revolver armarios y el contar cuentos. Siempre la abuela guardaba alguna golosina para su nietecita: pasteles, caramelos o crema.
La abuela Rosa la hablaba con una gran seriedad a María, y entre historia e historia y anécdota y recuerdo de la realidad, le contaba escenas de las novelas que había leído, y Montecristo, y Artagnán, el príncipe Rodolfo, todos estos héroes de la mitología folletinesca vivían ante la imaginación de María.
Tenía la viejecita una fantasía exuberante, y el trato continuo con la niña le había dado un infantilismo extraño. Muchas veces la vieja hacía de niña, y la niña de vieja; la abuela imitaba el hablar balbuciente de los niños, y la nieta la actitud severa de los viejos, y la vida en germen, y la vida en su declinación, parecían iguales y se entendían jugando.
Una de las diversiones de María y de la abuelita Rosa era sentarse en un sofá e imitar la marcha en un tren.
—Ya estamos en el vagón, ¿eh?—decía la vieja.
—Sí. Ya estamos—contestaba la niña—. Ponte el mantón, abuelita.
—No; hasta que no lleguemos a Ávila, no.
Y las dos imitaban la salida del tren, y luego el ruido de la marcha y los silbidos de la locomotora, y veían paisajes, y estaciones, y el mar, y los árboles, y los montes...