PRÓLOGO

No soy muy partidario de hablar de mí mismo; me parece esto demasiado agradable para el que escribe y demasiado desagradable para el que lee; pero puesto que esta «Biblioteca»[1] me pide un prólogo, interrumpiré mi costumbre de no dar explicaciones o aclaraciones personalistas y, por una vez, me entregaré a la voluptuosidad de decir yo hasta la saturación.

[1] Se refiere a la «Biblioteca Nelson».

Sería una estúpida modestia, por mi parte, que yo afirmase que lo que escribo no vale nada; si lo creyere así, no escribiría.

Suponiendo, pues, que en mi obra literaria hay algo de valor—como en matemáticas se supone a veces que un teorema está de antemano resuelto—, voy a decir, con el mínimo de modestia, cuál puede ser, a mi modo, el valor o mérito de mis libros.

Este valor creo que no es precisamente literario ni filosófico; es más bien psicológico y documental. Aunque hoy se tiende, por la mayoría de los antropólogos, a no dar importancia apenas a la raza y a darle mucha a la cultura, yo, por sentimiento más que por otra cosa, me inclino a pensar que el elemento étnico, aun el más lejano, es trascendental en la formación del carácter individual.

Yo soy, por mis antecedentes, una mezcla de vasco y de lombardo: siete octavos de vasco, por uno de lombardo.