Mientras iba leyendo se le cerraban involuntariamente los ojos, y se veía que estaba deseando echarse a dormir.
—Usted no puede conocer por su edad, señor Leguía—dijo el padre Chamizo—, la transformación verificada en Francia después de los sucesos de 1830. Los realistas españoles, que vivían en las ciudades del Mediodía como el pez en el agua, tuvieron que desaparecer de la superficie y hundirse en los líquidos abismos. A la emigración absolutista sucedió la emigración liberal.
En 1832 estaba yo en Bayona dando lecciones de latín y de español en un colegio, viviendo en una mala casa de huéspedes, cuando caí gravemente enfermo.
Mi protector Miñano se hallaba fuera, mis amigos realistas se habían marchado y mis ahorros eran nulos. Con todo esto no necesito decirle a usted que me encontraba lo más miserablemente que puede encontrarse un hombre, solo, abandonado, enfermo, y sin más asistencia que la de un matrimonio francés, avaro, que me robaba los libros raros que yo tenía para venderlos. En esto, una tarde, ya pensando en la ventura de morir, entra en mi cuarto su amigo de usted, el señor Aviraneta. Yo le conocí en seguida. Era el ayudante del infernal Empecinado, causante de mis desdichas. El no se acordaba de mí. Le habían hablado de un cura español liberal, enfermo, y venía a verme. Su amigo de usted, ese réprobo, me atendió y me cuidó cuando me encontraba yo tan débil y tan miserable, que no hubiera dado un ochavo partido por la mitad por mi vida. Cuando me curé nos reconocimos como habiendo peleado juntos con el Empecinado.
—Yo le creía a usted liberal—me dijo.
—No, no—y añadí—: enemigo de sus ideas siempre. Agradecido a su bondad siempre, también.
Yo, señor de Leguía, soy un hombre que ha practicado el culto de la amistad. Amigo de mis amigos. Esa ha sido mi divisa. No soy un fanático. Usted es turco, protestante, jansenista, revolucionario...; yo abomino de las ideas de usted; pero usted es un amigo mío y yo le favorezco si puedo. No me hable usted de sacrificarme por la República o por la Monarquía; no me diga usted que haga sucumbir a mis amigos por el Estado o por la patria. Esta severidad catoniana no está en mi alma. Dirá usted que es una debilidad. Lo reconozco. Voy a beber un poco más de vino.
Con la enfermedad—siguió diciendo el padre Chamizo—perdí la plaza que tenía en el colegio y me quedé en la calle. No tenía más recurso que Aviraneta y me uní a él. Naturalmente, si me pedía algún servicio, escribir una carta o redactar un escrito, lo hacía. Conocí también a algunos amigos suyos liberales, al auditor don Canuto Aguado, al coronel Campillo, a don Juan Olavarría, y a otros partidarios del tristemente célebre Mina. Yo no descubría entre ellos mis ideas, no me parecía oportuno. Me daba como moderado.
Después de una temporada que estuve sin trabajar encontré una plaza de corrector de pruebas en la imprenta de Lamaignere, y comencé de nuevo a ganarme la vida.