El Café Nuevo, de la calle de Alcalá, era un hervidero; solía estar aquello al rojo blanco.

Un día de a mediados de noviembre, Gallardo convidó a Chamizo a comer a la fonda de Perona, en agradecimiento de haberle encontrado el ex fraile un volumen raro que hacía tiempo andaba buscando el bibliófilo. Al entrar en la fonda se encontraron allí a Paquito Gamboa, al capitán Nogueras y a Aviraneta, que comían en compañía de un joven desconocido.

—¡Hola, Viborilla; no, Aviranetilla!—le dijo Gallardo.

—¡Hola, Gallardete!—le contestó Aviraneta—, ¿qué tal va esa bilis de bibliófilo?

—Bien. Y ese veneno de intrigante, ¿cómo marcha?

—Así, así.

Aviraneta y Gallardo se dedicaban con frecuencia a insultarse y a morderse. Gallardo recurría en sus sátiras a la erudición; pero era un recurso que no siempre daba resultado, porque con frecuencia sus alusiones no se entendían.

Después de comer se acercaron Gallardo y Chamizo a la mesa de Aviraneta y tomaron café juntos. Gallardo habló prodigando los fuegos artificiales de su conversación.

El joven desconocido que estaba con ellos era un hombre de unos veinticinco años, chato, de barba negra y con un aire extraño y decidido.