—Bien, yo no me fiaría de ellos. Este mismo tiene un aire solapado y una mirada falsa.
—El fraile, como todo, tiene su especialidad—replicó Aviraneta con sorna—; yo no le confiaría a éste una mujer guapa, ni una viuda, no; pero para una conspiración esta gente es irremplazable.
—Sí, sí; fíese usted.
El bibliófilo hablaba así, principalmente, por despecho, por ver que el fraile no había prestado oídos a su charla.
En esto entraron en la fonda unos cuantos jóvenes escritores que iban capitaneados por Espronceda y por Larra. Llegaron hablando alto. Un periodista calvo, barbudo, que malgastaba su ingenio acre en charlar en los cafés, saludó a Aviraneta y a Gallardo.
—¿Hay cuchipanda romántica?—le dijo con sorna Gallardo.
—Sí; pensamos comer, en vez de cabeza de cerdo, cabeza de clásico.