Muchas veces don Venancio le dió encargos, que el joven Doroteo los equivocó completamente.
—Perdone usted, yo había entendido que usted quería decir...
—Pero, ¿por qué no entiende usted lo que se le dice simplemente?—le preguntaba Chamizo.
Tenía Doroteo una novia en la guardilla de enfrente; la pobre muchacha se pasaba el tiempo en la ventana bordando y Doroteo la escribía versos.
Doña Puri hablaba mucho al padre Chamizo de su hijo.
—Porque como usted, don Venancio, es como si fuera de la familia...—le decía, y le abrumaba con historias sin interés.
El otro huésped de la casa era un tal don Crisanto Pérez de Barradas, un señor de barba negra, alto, con melenas y anteojos ahumados. Don Crisanto tenía una voz hueca y campanuda de pedante. Chamizo, al verle por primera vez, aseguró que debía ser masón, y, efectivamente, resultó que lo era.
Don Venancio, los primeros días de su estancia en Madrid, se dedicó a andar por las calles, a recorrer los cafés y a visitar las librerías de viejo. Casi siempre volvía a casa con unos cuantos volúmenes empolvados, que colocaba con placer en los estantes.
—Mi marido—decía doña Puri—era también aficionadísimo a los libros. No sabe usted qué hombre más culto era.