El arranque fanfarrón de Leandro gustó a una de las muchachas, que se volvió a mirar al mozo y sonrió; pero a la Milagros no le hizo gracia ninguna, y, mirando hacia atrás, buscó repetidas veces con la mirada al grupo de los tres hombres.

En esto apareció el que Leandro había designado con el mote de Lechuguino, acompañando al corrector y a su mujer. Las tres muchachas se acercaron a ellos, y el Lechuguino invitó a bailar a la Milagros. Leandro miró a su novia angustiosamente; ella, sin hacerle caso, se puso a bailar. Tocaban el paso doble de El tambor de granaderos. El Lechuguino era un bailarín consumado; llevaba a su pareja como una pluma y le hablaba tan de cerca, que parecía que le estaba besando.

Leandro no sabía qué cara poner, sufría horriblemente; no se decidía a marcharse. Concluyó aquel baile, y el Lechuguino acompañó a Milagros adonde estaba su madre.

—¡Vámonos! ¡Vámonos!—dijo Leandro a Manuel—. Si no, voy a hacer un disparate.

Salieron de allí escapados y entraron en un café cantante de la calle de la Encomienda. Estaba desierto. Dos chiquillas bailaron en un tablado: una vestida de maja, y otra de manolo.

Leandro, pensativo, no hablaba una palabra; Manuel sentía sueño.

—Vamos de aquí—murmuró Leandro, después de breve rato—. Esto está muy triste.

Salieron a la plaza del Progreso; Leandro, siempre cabizbajo y pensativo; Manuel, muerto de sueño.

—En el café de la Marina—dijo Leandro—habrá holgorio.