—Sí, hombre. Hace un momento.
—¿Aquí, en casa?
—Aquí mismo.
Manuel, despavorido, subió la escalera hasta la galería. Aun quedaba el charco de sangre en el suelo. El señor Zurro, el único espectador del drama, contaba lo ocurrido a un grupo de vecinos.
—Estaba yo aquí, leyendo el periódico—dijo el ropavejero—, y la Milagros, con su madre, hablaba con el Lechuguino. Estaban los novios de broma, cuando subió Leandro a la galería; fué a abrir la puerta de su casa y, antes de entrar, volviéndose de repente, le dice a la Milagros: «¿Es ese tu novio?» Me pareció que él estaba pálido como un muerto. «Si», contestó ella. «Bueno; pues yo vengo aquí a concluir de una vez», gritó. «¿A cuál de los dos quieres, a él o a mí?» «A él», chilló la Milagros. «Entonces se acabó todo», gritó Leandro con una voz ronca. «Voy a matarte.» Luego, ya no me pude dar cuenta de nada; fué todo rápido como un rayo; cuando me acerqué, la muchacha echaba un caño de sangre por la boca, la mujer del Corretor gritaba y Leandro seguía al Lechuguino con la navaja abierta.
—Yo le vi salir de casa—añadió una vieja—; llevaba en la mano la navaja manchada de sangre; mi marido quiso detenerle, pero él paró como un toro, le echó un derrote y por poco le mata.
—Y mis tíos, ¿dónde están?—preguntó Manuel.
—En la Casa de Socorro. Han ido detrás de la camilla.
Bajó Manuel al patio.
—¿Adónde vas?—le preguntó el Aristón.