—Del que la ha matado—le contestaron.
Era una cosa rara que intrigaba a Manuel; muchas veces había pensado que la Milagros quería a Leandro; aquello casi lo confirmaba.
Durante toda la noche, el señor Ignacio, sentado en una silla, lloró sin cesar; Vidal estaba asustado y Manuel también. La presencia de la muerte, vista tan de cerca, les aterrorizó a los dos.
Y mientras lloraban dentro, en la calle las niñas cantaban a coro; y aquel contraste de angustia y de calma, de dolor y de serenidad, daba a Manuel una sensación confusa de la vida; algo pensaba él que debía ser muy triste; algo muy incomprensible y extraño.
TERCERA PARTE
CAPÍTULO PRIMERO
El drama del tío Patas.—La tahona.—Karl el hornero.—La Sociedad de los Tres.
La impresión por la muerte de su hijo en el señor Ignacio fué tan profunda, que cayó enfermo. Se dejó de trabajar en el almacén, y al cabo de dos o tres semanas, como el señor Ignacio no se ponía bueno, la Leandra le dijo a Manuel:
—Mira: vete a casa de tu madre, porque aquí yo no te puedo tener.
Volvió Manuel a la casa de huéspedes, y la Petra, por mediación de la patrona, llevó al muchacho de mozo a un puesto de pan y verduras situado en la plaza del Carmen.