Manuel estuvo charlando con la costurera toda la mañana; ella le convidó a almorzar, y él aceptó con gusto.
Por la tarde, Manuel se fué de casa de la Salomé, pensando que si él tuviera más años y un buen oficio que le diera dinero, se casaría con la Salomé, aunque se viese en la precisión de darle una puñalada al chulapo que la entretenía.
Al encontrarse en la ronda, lo primero que se le ocurrió a Manuel fué que no debía ir al puente de Toledo, ni mucho menos a la carretera de Andalucía, porque allí era fácil que se encontrase con Vidal o con el Bizco. Pensó así, efectivamente, y, a pesar de esto, bajó hacia el puente, echó una ojeada por los cajones, y viendo que allí no estaban sus amigos, siguió por el Canal, atravesó el Manzanares por el puente de un lavadero y salió a la carretera de Andalucía. En un merendero, con varias mesas debajo del cobertizo, estaban Vidal y el Bizco entre unos cuantos golfos que jugaban al cané.
—¡Eh!, tú, Vidal—gritó Manuel.
—¡Rediez! ¿Eres tú?—dijo su primo.
—Ya ves...
—¿Qué te haces?
—Nada, ¿y vosotros?
—A lo que cae.
Contempló Manuel cómo jugaban al cané. Cuando terminaron una de las partidas, Vidal dijo: