Otro de los medios de subsistencia de la Sociedad era la caza del gato. El Bizco, que no atesoraba ningún talento, su cabeza, según frase de Vidal, era un melón salado, poseía, en cambio, uno grandísimo para coger gatos. Con un saco y una vara se las arreglaba admirablemente. Bicho que veía, a los pocos instantes había caído.

Los socios no distinguían de gato flaco o tísico, ni de gata embarazada; todos los que caían se devoraban con idéntico apetito. Se vendían las pieles en el Rastro; el tabernero del Pico del Pañuelo fiaba el vino y el pan, cuando no había fondos con qué pagarlos, y la Sociedad se entregaba al sardanapalesco festín...

Una tarde de agosto, Vidal, que había estado merendando en las Ventas con su prójima el día anterior, expuso ante sus socios y compañeros el proyecto de asaltar una casa abandonada del camino del Este.

Se discutió el proyecto con seriedad, y al día siguiente, por la tarde, fueron los tres a estudiar el terreno.

Era domingo; había novillos en la plaza; pasaban por la calle de Alcalá ómnibus y tranvías llenos de bote en bote, manuelas ocupadas por mujeronas con mantones de Manila y hombres de aspecto rufianesco.

En los alrededores de la plaza el gentío se amontonaba; de los tranvías bajaban grupos de gente que corrían hacia la puerta; los revendedores se abalanzaban sobre ellos voceando; brillaban entre la masa negra de la multitud los cascos de los guardias a caballo. Del interior de la plaza salía un vago rumor, como el de la marea.

Vidal el Bizco y Manuel, lamentándose de no poder entrar allí, siguieron adelante, pasaron las Ventas y tomaron el camino de Vicálvaro. El viento sur, cálido, ardoroso, blanqueaba de polvo el campo; por la carretera pasaban y se cruzaban coches de muerto blancos y negros, de hombres y de niños, seguidos de tartanas llenas de gente.

Vidal mostró la casa: hallábase a un lado del camino; parecía abandonada; por delante la rodeaba un jardín con su verja; por la parte de atrás se extendía un huerto plantado de arbolillos sin hojas, con un molino para sacar agua. La tapia del huerto, baja, podía escalarse con relativa facilidad; ningún peligro amenazaba; ni vecinos curiosos ni perros; la casa más próxima, un taller de marmolista, distaba más de trescientos metros.

Desde las cercanías de la casa se divisaba el cementerio del Este, rodeado de campos áridos amarillos y lomas yermas; en dirección contraria se presentaba la Plaza de Toros, con su bandera flameante, y las primeras casas de Madrid; el camino del camposanto se tendía, polvoriento, por entre hondonadas y taludes verdes, por entre tejares abandonados y lomas con las entrañas de ocre rojo al descubierto.

Cuando examinaron bien las condiciones de la casa, volvieron los tres a las Ventas. De noche, se hallaban dispuestos a regresar a Madrid; pero Vidal aconsejó el quedarse allá para dar el golpe al amanecer del día siguiente. Decidieron esto, y se tendieron en un tejar, en el callejón constituído por dos murallas de ladrillos apilados.