Vidal, de las cuatro, se dignaba proteger a la Rabanitos y a la Engracia; las dos se lo disputaban. La Rabanitos parecía una mujer en miniatura: una carita blanca con manchas azules alrededor de la nariz y de la boca; un cuerpecillo raquítico y delgaducho; labios finos y ojos grandes de esclerótica azul; en el vestir una vieja, con su mantoncito obscuro y su falda negra: ésta era la Rabanitos. Echaba sangre por la boca con frecuencia; hablaba con unos remilgos de comadre, haciendo gestos y jeribeques, y todo su dinero lo gastaba en mojama, en caramelos y en golosinas.
La Engracia, la otra favorita de Vidal, era el tipo de la mujer de burdel: llevaba la cara blanca por los polvos de arroz; sus ojos, negros y brillantes, tenían una expresión de melancolía puramente animal; al hablar enseñaba los dientes azulados, que contrastaban con la blancura de su cara empolvada. Pasaba de la alegría al enfado sin transición. No sabía sonreír. En su cara aleteaba tan pronto la estupidez como una alegría canallesca, insultante y cínica.
La Engracia hablaba poco, y cuando hablaba era para decir algo muy bestial y muy sucio, algo de un cinismo y de una pornografía complicada. Tenía la imaginación monstruosa y fecunda.
Un imaginero macabro hubiese encontrado algo genial tallando en piedra los pensamientos de aquella muchacha en el infierno de una Danza de la Muerte.
La Engracia no sabía leer. Vestía blusas vistosas, azules y sonrosadas; pañuelo blanco en la cabeza y delantal de color; andaba siempre corriendo de un lado a otro, haciendo sonar las monedas del bolsillo. Llevaba ocho años de buscona y tenía diez y siete. Se lamentaba de haber crecido, porque decía que de niña ganaba más.
Las amistades de Manuel y Vidal con las muchachas duraron un par de meses; Manuel no se decidía por la Mellá, le resultaba demasiado fea; Vidal extendía su radio de acción, copeaba con unos cuantos chulos y se dedicaba a la conquista de una florera que vendía claveles.
La Engracia y la Rabanitos tenían un odio feroz a la muchacha.
—Esa—decía la Rabanitos—, esa está ya tan deshonrá como nosotras...
Una noche, Vidal no se presentó en Casa Blanca, y a los dos o tres días apareció en la Puerta del Sol con una mujerona alta, vestida de gris.
—¿Quién es?—le preguntó Manuel a su primo.