Cuando había una partida grande de papel se vendía en una fábrica de cartón que había en el paseo de las Acacias. No solía perder el viaje el señor Custodio, porque además de vender el género en buenas condiciones, a la vuelta llevaba su carro a unas escombreras de una fábrica de alquitrán que había por allá, y recogía del suelo una carbonilla muy menuda, que se quemaba bien y ardía como cisco.

Las botellas las vendía el trapero en los almacenes de vino, en las fábricas de licores y de cervezas; los frascos de específicos en las droguerías; los huesos iban a parar a las refinerías y el trapo a las fábricas de papel.

Los desperdicios de pan, hojas de verdura, restos de frutas, se reservaban para la comida de los cerdos y gallinas, y lo que no servía para nada se echaba al pudridero y, convertido en fiemo, se vendía en las huertas próximas al río.

El primer domingo que estuvo allí Manuel, el señor Custodio y su mujer aprovecharon la tarde. Hacía mucho tiempo que no salían juntos por no dejar la casa sola; se vistieron los dos muy elegantes y fueron a visitar a su hija, que estaba de modista en el taller de una parienta.

Manuel se quedó solo muy a gusto con Reverte, contemplando la casa, el corral, la hondonada; hizo dar vueltas al Tío Vivo, que rechinó como malhumorado; se subió al caballete del columpio, contempló a las gallinas, molestó un poco al cerdo y corrió de un lado para otro, perseguido por el perro, que ladraba alegremente con furia fingida.

Atraía a Manuel, sin saber por qué, aquella negra hondonada con sus escombreras, sus casuchas tristes, su cómico y destartalado Tío Vivo, su caballete de columpio y su suelo lleno de sorpresas, pues lo mismo brotaba de sus entrañas negruzcas el pucherete tosco y ordinario, que el elegante frasco de esencias de la dama; lo mismo el émbolo de una prosaica jeringa, que el papel satinado y perfumado de una carta de amor.

Aquella vida tosca y humilde, sustentada con los detritus del vivir refinado y vicioso; aquella existencia casi salvaje en el suburbio de una capital, entusiasmaba a Manuel. Le parecía que todo lo arrojado allí de la urbe, con desprecio, escombros y barreños rotos, tiestos viejos y peines sin púas, botones y latas de sardinas, todo lo desechado y menospreciado por la ciudad, se dignificaba y se purificaba al contacto de la tierra.

Manuel pensó que si con el tiempo llegaba a tener una casucha igual a la del señor Custodio y su carro, y sus borricos y sus gallinas, y su perro, y además una mujer que le quisiera, sería uno de los hombres casi felices de este mundo.

CAPÍTULO VII

El señor Custodio y sus ideas.—La Justa, el «Carnicerín» y el «Conejo».