El señor Custodio, que había nacido cerca de aquella hondonada en donde estaba su casa, sentía por sus barrios, y, en general, por Madrid, un gran entusiasmo; el Manzanares era para él un río tan serio como el Amazonas.

El señor Custodio tenía dos hijos, de los cuales no conocía Manuel mas que a Juan, un chulapo alto y moreno, que estaba casado con la hija de la dueña de un lavadero de la Bombilla. La hija, Justa de nombre, estaba de modista en un taller.

En las primeras semanas, ninguno de los hijos apareció por casa de los padres. Juan vivía en el lavadero, y la Justa, con una pariente suya, dueña de un taller.

Manuel, que solía hablar mucho con el señor Custodio, pudo notar pronto que el trapero era, aunque comprendiendo lo ínfimo de su condición, de un orgullo extraordinario, y que tenía acerca del honor y de la virtud las ideas de un señor noble de la Edad Media.

Al mes de vivir allí estaba Manuel un domingo a la puerta de la casa, después de comer, cuando vió que por la pendiente del vertedero bajaba a la hondonada corriendo, con las faldas recogidas, una muchacha, Al verla de cerca, Manuel quedó rojo, luego pálido. Era la chiquilla que había ido dos o tres veces a casa de la patrona, a probar los trajes a la Baronesa, pero hecha ya una mujer.

Se acercó la muchacha, levantando las faldas y las enaguas almidonadas, cuidando de no ensuciarse los zapatitos de charol.

—¿Qué vendrá a hacer aquí?—se dijo Manuel.

—¿Está padre?—preguntó ella.

Salió el señor Custodio y abrazó a la muchacha. Era la hija del trapero, la Justa, de quien Manuel oía hablar continuamente, y que, sin saber por qué, se había figurado que debía de ser muy flaca, muy esmirriada y desagradable.

La Justa entró en la cocina, y después de mirar las sillas, por si tenían algo que ensuciara su vestido, se sentó en una. Luego habló por los codos, diciendo tonterías a porrillo y riendo ella misma chistes.