El cuarto aquel de doña Violante y de sus niñas era infecto; colgaban en las escarpias clavadas en la pared trapajos sucios, y, entre la falta de aire y la mezcolanza de olores que allí había, se formaba un tufo capaz de marear a un buey.
Manuel escuchaba las historias de doña Violante con verdadera fruición. Sobre todo, en los comentarios era donde la vieja estaba más graciosa.
—Porque, hijo, créelo—le decía—, una mujer que tenga buenos pechos y que sea así cachondona—y la vieja daba una chupada al cigarro y explicaba con un gesto expresivo lo que entendía por aquella palabra, no menos expresiva—, siempre se llevará de calle a los hombres.
Doña Violante solía cantar canciones de zarzuelas españolas y de operetas francesas, que a Manuel le producían una tristeza horrible. Sin saber por qué, le daban la impresión de un mundo de placeres inasequible para él. Cuando oía a doña Violante cantar aquello de El Juramento
Es el desdén espada de doble filo:
uno mata de amores, otro, de olvido...,
se figuraba salones, damas, amores fáciles; pero más que esto, aun le daba una impresión de tristeza los valses de La Diva y de La gran Duquesa.
Las reflexiones de doña Violante abrían los ojos a Manuel; pero tanto como ellas colaboraban en este resultado las escenas que diariamente ocurrían en la casa.
Era también buena profesora una sobrina de doña Casiana, de la edad poco más o menos de Manuel, una chiquilla flaca, esmirriada, de tan mala intención, que siempre estaba tramando complots en contra de alguien.