Manuel, siempre en acecho, se encontraba dispuesto a hacerle frente; el Bizco, sin duda, notaba el desprecio y el odio en los ojos de Manuel, y esto le confundía.
Para Manuel, la superioridad de un hombre estaba en el talento y, sobre todo, en la maña; para el Bizco, el valor y la fuerza constituían las únicas cualidades envidiables: el mérito mayor para él era ser muy bruto, como decía con entusiasmo.
Por esta condición de habilidad y de maña, que Manuel en tanta estima tenía, admiraba a los Rebolledos, padre e hijo, los cuales habitaban también en el Corralón. Rebolledo padre, contrahecho de cuerpo, enano y jorobado, barbero de oficio, solía afeitar al sol en la Ronda, cerca del Rastro. Tenía el tal enano una cara muy inteligente, ojos profundos; gastaba bigote y patillas, y melena azulada y grasienta. Vestía de luto; en verano y en invierno llevaba gabán, y no se sabe por qué misterios de la química, el gabán negro verdeaba ostensiblemente, mientras que el pantalón, también negro, tiraba a rojo.
Por las mañanas, Rebolledo salía del Corralón cargado con un banco y una palomilla de madera, de la que colgaba una bacía de azófar y un rótulo. Al llegar a un punto de la tapia de las Américas, sujetaba la palomilla y a su lado el rótulo, un anuncio humorístico, cuya gracia, probablemente, sólo él comprendía, y que cantaba así:
Barbería Modernista
Barbería Antisética.
Pasar cabayeros, Reboyedo afeita
y
da dinero.
Los Rebolledos, padre e hijo, eran muy habilidosos; hacían juguetes de alambre y de cartón, que vendían luego a los vendedores de las calles; tenían su casa, un cuartucho del primer patio, convertido en taller, y allí un tornillo de presión, un banco de carpintero y una serie de baratijas rotas, sin aplicación, al parecer, posible.
Con esta frase indicaban en el Corralón el agudo ingenio de Rebolledo:
—Ese enano—decían—tiene en la cabeza un arca de Noé.
Rebolledo padre había construído para su uso particular una dentadura postiza. Cogió un servilletero de hueso, lo cortó en dos partes desiguales, y con la mayor de éstas, limando por un lado y por otro, logró adaptársela a la boca. Luego, con una sierrecilla hizo los dientes, y para imitar la encía recubrió una parte del antiguo servilletero de lacre. Rebolledo se quitaba y se ponía la dentadura con una maravillosa facilidad y comía con ella perfectamente, siempre que tuviera qué, como decía él.