Al sonar las campanadas en el reloj del pasillo, se despertó de repente: cerró la ventana, de donde entraba un nauseabundo olor a establo de la vaquería de la planta baja; dobló los paños, salió con un rimero de platos y los dejó sobre la mesa del comedor; luego guardó los cubiertos, el mantel y el pan sobrante en un armario; descolgó la candileja y entró en el cuarto, en cuyo balcón dormía la patrona.
—¡Señora! ¡Señora!—llamó varias veces.
—¿Eh? ¿Qué pasa?—murmuró doña Casiana, de un modo soñoliento.
—Si quiere usted algo.
—No, nada. ¡Ah, sí! Mañana dígale usted al panadero que el lunes que viene le pagaré.
—Está bien. Buenas noches.
Salía la criada del cuarto, cuando se iluminaron los balcones de la casa de enfrente; después se abrieron de par en par, y se oyó un preludio suave de guitarra.
—¡Petra! ¡Petra!—gritó doña Casiana—. Venga usted. ¿Eh? En casa de la Isabelona... se conoce que ha venido gente.
La criada se asomó al balcón y miró con indiferencia la casa frontera.
—Eso, eso produce—siguió diciendo la patrona—; no estas porquerías de casas de huéspedes.