Roberto, como siempre que hablaba de su fortuna, iba exaltándose; su imaginación le hacía ver perspectivas admirables de riqueza, de lujo, de viajes maravillosos. En medio de sus entusiasmos y de sus ilusiones apareció el hombre práctico; miró al reloj, se calmó en un instante, y se puso á escribir de nuevo.

Manuel se levantó.

—¿Qué, te vas?—le dijo Roberto.

—Sí; ¿qué voy á hacer aquí?

—Si no tienes para almorzar toma una peseta. No tengo más.

—¿Y usted?

—Yo como en casa de un discípulo. Oye, si vienes á dormir, adviérteselo á mi compañero. Estará aquí dentro de un momento. Aún no se ha levantado. Se llama Alejo Monzon, pero le llaman Alex.

—Bueno; sí, señor.

Almorzó Manuel pan y queso y volvió al poco rato al taller. Un hombre rechoncho, de barba negra y espesa, cubierto con una blusa blanca, la pipa en la boca, modelaba en plastelina una Venus desnuda.

—¿Usted es don Alejo?—le preguntó Manuel.