Kate, al ver á su madre más afligida que de costumbre, le preguntó lo que le pasaba, y ella expuso la situación apurada en que se veían.
—Voy á ver al embajador de mi país—dijo Kate resueltamente.
—¿Tú sola? Iré yo.
—No, que me acompañe Manuel.
Fueron los dos á la Embajada; entraron en un portal grande. Dió su tarjeta Kate á un portero é inmediatamente la hicieron pasar. Manuel, sentado en un banco, esperó un cuarto de hora. Al cabo de este tiempo salió la muchacha al portal acompañada de un señor de aspecto venerable.
Este la acompañó hasta la puerta y habló con un lacayo con galones.
El lacayo abrió la puerta de un coche que había frente á la puerta y permaneció con el sombrero en la mano.
Kate se despidió del anciano señor; luego dijo á Manuel.
—Vamos.
Entró ella en el coche y después Manuel estupefacto.