Sonó la campana de la estación. Manuel se subió al coche.

—Vamos, bájate—dijo la baronesa—. El tren va empezar á andar.

Manuel ofreció la mano tímidamente á la Nena.

—Abrázala—dijo su madre.

Manuel apenas se atrevió á rodear el talle de la muchacha con sus brazos. La baronesa le besó en las dos mejillas.

—Adiós, Manuel—le dijo—, secándose una lágrima.

Echó andar el tren; la Nena saludó desde la ventanilla con la mano; pasaron vagones y vagones con un ruido sordo; el tren aceleró la marcha. Manuel sintió una congoja grande; huyó el tren, silbando por los campos, y Manuel se llevó las manos á los ojos y sintió que estaba llorando.

Roberto le agarró del brazo.

—Vamos de aquí.

—¿Es usted?—le dijo Manuel.