Adosadas á las paredes y en medio, estaban los casilleros de las letras, y sobre ellos colgaban algunas lámparas eléctricas, envueltas en cucuruchos de papel de periódico, que servían de pantalla.
En las cajas trabajaban tres hombres y un chico; uno de los hombres cojo, de blusa azul larga, sombrero hongo, aspecto de mal humor, con los anteojos puestos, se paseaba de un lado á otro.
Roberto saludó al señor cojo y le entregó la carta de Sandoval. El cojo cogió la carta y gruñó malhumorado:
—No sé para qué me vienen con estas comisiones. ¡Maldita sea la!...
—Este es el chico á quien hay que enseñarle el oficio—interrumpió Roberto fríamente.
—Como no le enseñe yo la...—y el cojo soltó diez ó doce barbaridades y un rosario de blasfemias.
—¿Hoy está usted de mal humor?
—Estoy como me da la gana... tanto amolar... porque me sale así de los santísimos... ¿Sabe usted?
—Bueno, hombre, bueno—repuso Roberto, y añadió en un aparte alto de teatro, de los que oye todo el mundo:—¡Qué paciencia hay que tener con este animal!
—Es una broma—siguió diciendo el cojo sin hacer caso del aparte—; que el chico quiere aprender el oficio, ¿y á mí qué?; que no tiene que comer, ¿y á mí qué? Que se vaya con dos mil pares... con viento fresco.