Hablaron y discutieron una porción de cosas, de pintura, de escultura, de comedias. Manuel pensó que debían de ser personas importantes.
Habían clasificado al mundo. Tal, era admirable; Cuál, detestable; H, un genio; B, un imbécil.
No les gustaba, sin duda, las medias tintas ni los términos medios; parecían árbitros de la opinión, juzgadores y sentenciadores de todo.
Al anochecer se prepararon para salir.
—¿Tú te vas?—preguntó el escultor á Manuel.
—Saldré un momento á cenar.
—Bueno; ahí tienes la llave. Yo vendré á eso de las doce y llamaré.
—Está bien.
Manuel comió otra ración de pan y queso y dió un paseo después por las calles y, entrada la noche, volvió al taller. Hacía frío allá arriba, más frío que en la calle. Se acercó á tientas al sofá, se tendió y esperó á que vinera el escultor. Cerca de la una llamó y le abrió Manuel.
Alex venía ceñudo. Se metió en su alcoba, encendió una vela y anduvo paseando por el estudio hablando solo.