En dos apotegmas reunía aquel superhombre todas sus ideas acerca del mundo que le rodeaba, eran dos frases terribles, de una ironía amarga y dislacerante. Que alguno aseguraba que este político, el otro periodista tenían influencia, dinero ó talento..., él replicaba: Sí, sí; ya sé quién dices. Que otro decía que el novelista, el dramaturgo hacían ó dejaban de hacer..., él contestaba: Bueno, bueno; por la otra puerta.

La superioridad de espíritu de Langairiños no le permitía suponer que un hombre que no fuera él valiese más que otro.

Su obra maestra era un artículo titulado Todos golfos. Se trataba de una conversación entre un maestro del periodismo—él—y un aprendiz de periodista.

Aquel derroche de sal ática terminaba con este rasgo de humor:

El aprendiz.—Hay que tener principios.

El maestro.—En la mesa.

El aprendiz.—Hay que decir las cosas con verdadera crudeza al país.

El maestro.—Se le van á indigestar. Acuérdese usted de los garbanzos de la casa de huéspedes.

El Superhombre escribía siempre así, de un modo terrible, shakesperiano.

A consecuencia del desgaste cerebral producido por sus trabajos intelectuales, el Súper se encontraba neurasténico, y para curar su enfermedad tomaba glicerofosfato de cal en las comidas y hacía gimnasia.