El médico pidió á las vecinas que trajeran un colchón y unas sábanas; cuando llegaron estas cosas pusieron el colchón sobre el petate, de tablas, y colocaron con cuidado á la Fea. Estaba la pobre raquítica como un esqueleto; su pecho era liso como el de un hombre y, á pesar de que no debía tener fuerzas para moverse, cuando le pusieron el niño á su lado, cambió de postura é intentó darle de mamar.
Manuel, al notarlo, miró á Jesús con ira.
Le hubiera pegado con gusto, por permitir que su hermana estuviera así.
El médico, cuando concluyó su trabajo, cogió á Jesús, lo llevó al extremo de la galería y habló con él. Jesús se hallaba dispuesto á hacer todo lo que le dijeran; daría el jornal entero á la Fea, lo prometía.
Luego, cuando se fué el médico, Jesús cayó en manos de las comadres, que le pusieron como un trapo.
El no negó nada. Al revés.
—Durante el embarazo—dijo—ha dormido en el suelo sobre la estera.
Todas las comadres comentaron indignadas las palabras del cajista. Este se encogía de hombros estúpidamente.
—¡Mire usté que estar la pobre infeliz durmiendo sobre la estera mientras que la Sinfo y Jesús se estaban en la cama!—decía una.
Y la indignación se acentuó contra la Sinfo, aquella golfa indecente, á la que juraron dar una paliza morrocotuda. La señora Salomona tuvo que interrumpir la charla, porque no dejaban dormir en paz á la parturienta.