—Que no hubiera usted ganado gran cosa casándose con Oswald en vez de casarse con Bernardo... Adiós, hasta mañana.
—Me abandona usted, Roberto—murmuró Esther con melancolía.
—No; vendré mañana á ver á usted.
—No quiero estar en esta casa. Lléveme usted de aquí, Roberto.
—¿No le parece á usted peligroso?
—¿Peligroso? ¿Para quién? ¿Para usted ó para mí?
—Para los dos quizá.
—¡Oh!, para mí no. Quisiera salir de aquí no ver á Bernardo, que no me moleste.
—No le molestará ya más.
—Lléveme usted de aquí á cualquier parte.