—Vamos, ¡quita, asaúra!—gritó ella.

—No quiero.

—Pues no eres tú nadie. A ver si no te andas con tientos aquí, ¿eh?

—Si quieres te convido á café—y Manuel hizo sonar el dinero en su bolsillo.

La muchacha vaciló, dió los números del periódico que llevaba en la mano á una vieja, se ató el pañuelo al cuello y fué con Manuel á una buñolería de la calle de Jacometrezo. Un perrillo de color de canela les siguió.

—¿Este perro es tuyo?

—Sí.

—¿Cómo se llama?

—Sevino.

—¿Y por qué le llamas así?