Estos, rompían con cólera las serpentinas que echaban desde los palcos y que se les enredaban al pasar.

Un negro borracho sentado cerca de Manuel saludaba el paso de alguna mujer guapa, gritando con una voz aniñada:

—¡Olé ahí! ¡Vaya caló!

—Adiós, Manolo—oyó Manuel que le decían. Era Vidal, que bailaba con una máscara elegante, muy ceñido á ella.

—Vete á verme mañana—dijo Vidal.

—¿A dónde?

—A las siete de la noche en el café de Lisboa.

—Bueno.

Vidal se perdió con su pareja en el remolino de gente. Cesó la música de tocar en un intermedio.

—¿Vamos?—preguntó Manuel á la muchacha.