—¿A cuál?

—A ese que está deshabitado, según ha dicho ese hombre. A Vaciamadrid.

—Bueno.

Llegaba un tren en aquella hora, y Manuel y Jesús se colocaron á la puerta de la estación, á la salida de los viajeros, con la idea de ganarse unos cuartos llevando alguna maleta.

Manuel tuvo la suerte de tomar un bulto de un señor y llevárselo á un coche. El señor le dió unas perras.

Manuel y Jesús subieron al Prado. Iban por delante del Museo, cuando vieron un simón y detrás del coche, corriendo á todo correr, á don Alonso, con un traje haraposo lleno de agujeros.

—¡Eh!, ¡eh!—le gritó Manuel.

Don Alonso miró hacia atrás, se detuvo y se acercó á Jesús y Manuel.

—¿A dónde iba usted?—le preguntaron.

—Detrás de ese coche para subirle el baúl á casa á ese caballero; pero estoy cansado, ya no tengo piernas.