—Y es verdad—replicó uno de los golfos—. Hemos estado pasando la quincena allá arriba. Cuando salimos de la cárcel, al llegar á la puerto, nos volvieron á coger á todos y nos trajeron aquí.
A la luz del corredor, en el fondo de aquella jaula, se veían unos cuantos hombres en el suelo.
Echado en un banco próximo á la pared, desnudo, con las piernas encogidas, se abrigaba con una capa raida el enfermo, y al moverse dejaba al descubierto alguna parte de su persona.
—¡Agua!—murmuró con voz débil.
—Ya se la hemos pedido al sargento—dijo el mendigo—; pero no la trae.
—Esto es una salvajada—gritó el Hombre Boa—, esto es una barbaridad.
Como nadie hizo caso á don Alonso, tuvo á bien callarse.
—Ese otro—agregó el golfo, riéndose y señalando á uno escondido en un rincón—tiene sífilis y sarna.
Don Alonso se abismó en su melancolía y se calló.
—¿Y qué van á hacer de nosotros?—preguntó Manuel.